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LA
POSTURA DE ESTA WEB, ES COMPLETAMENTE
FAVORABLE A LA VACUNACIÓN TAL Y COMO ESTÁ
ESTABLECIDA POR EL COMITÉ DE VACUNAS DE LA
AEPED, LA OMS Y DEMÁS ORGANISMOS OFICIALES.
LAS
VACUNAS: COSAS QUE NO SON CIERTAS (DR. CARLOS GONZÁLEZ)
Vacunas: Cosas que se dicen y no son ciertas
Las vacunas protegen a los niños para toda la
vida de enfermedades que pueden dejar graves
secuelas o incluso causar la muerte. Desde
hace un tiempo es relativamente fácil
encontrar familias que no quieren vacunar a
sus hijos. Habitualmente han leído información
incompleta, exagerada o simplemente falsa en
algunos libros y en ciertas páginas de
internet.
En este
artículo intentaremos desmentir algunos de
esos mitos. Sólo algunos, porque los errores
que dan vueltas por ahí son muchos, y
desmentirlos todos con detalle requeriría un
libro entero.
Esas enfermedades casi han desaparecido en los
países industrializados porque se vacuna a
los niños. Pero podrían volver si se dejase
de vacunar. Por eso los gobiernos siguen gastándose
el dinero en vacunas. Si pudieran ahorrárselas,
se las ahorrarían. En los países del Este,
por ejemplo, disminuyó la tasa de
vacunaciones con la caída del régimen
comunista. En 1993 hubo en Rusia una epidemia
de difteria, con 15.000 enfermos y 470
muertos.
Existen
muchas vacunas, además de las que están en
el calendario oficial de vacunación. No se
administran todas, sino solo las más
adecuadas a los riesgos de cada país. En España
no nos vacunamos de la encefalitis japonesa
(en Japón sí, por supuesto). La primera
vacuna que se inventó fue la de la viruela.
Resultó tan eficaz que se consiguió
erradicar la enfermedad en todo el mundo. Hace
décadas que no se vacuna de la viruela en
ningún país del mundo, ya no es necesario.
La viruela se pudo erradicar porque solo
afecta al ser humano, y porque el virus no
puede mantenerse vivo fuera de un individuo
enfermo. Por desgracia, la mayoría de las
enfermedades no cumplen estos requisitos; los
microbios se pueden transmitir por animales, o
permanecer durante años en el suelo, y por
tanto jamás se podrán eliminar.
Las vacunas cuestan dinero, pero nos las ponen
gratis. Es absurdo pensar que el gobierno va a
gastar dinero en vacunas que no se consideran
muy necesarias. Es lo que ocurre con la gripe:
cada otoño se hace una campaña para que se
vacunen los ancianos y algunos enfermos crónicos.
¿Por qué no vacunar a todo el mundo? ¿Es
que los jóvenes no pueden tener la gripe? No,
lo que ocurre es que un joven pasa la gripe en
su casa, mientras que un anciano puede que
necesite ingresar en el hospital. Al joven le
convendría vacunarse, pero el gobierno no ve
necesario regalarle la vacuna. A veces se oye
decir que el sarampión es una enfermedad
leve, que antes no se vacunaba y todos lo pasábamos.
Es cierto, pero muchos morían. En la última
epidemia de sarampión en Holanda (1999-2000)
hubo casi 3.000 enfermos, algunos con
complicaciones graves: 130 casos de neumonía,
5 casos de encefalitis (infección del
cerebro) y 3 muertos.
Cada año mueren en el mundo más de 700.000
niños por el sarampión; incluso en Europa,
entre niños bien nutridos, muere uno de cada
1.000 enfermos. El que los otros 999
sobrevivan no nos debe dar la impresión de
que sea una enfermedad sin importancia.
En cualquier farmacia (y no digamos en una
parafarmacia) podemos encontrar cientos de
productos que no son útiles para mejorar la
salud: cremas y productos de belleza,
suplementos nutricionales, tónicos y
reconstituyentes... Podemos comprarlos, si lo
deseamos, pero ningún gobierno del mundo nos
los va a regalar. UNICEF ha preparado un
interesante documento, el Immunization summary,
que contiene, entre otros datos, el calendario
de vacunaciones y el porcentaje de niños
vacunados en los distintos países del mundo
(está publicado en internet). En este
documento se observa que países como Cuba,
Corea del Norte o la República Islámica de
Irán tienen calendarios muy similares al
nuestro y tasas de vacunación altísimas. ¿Estarán
ellos también al servicio de los laboratorios
farmacéuticos? Por cierto, Cuba es un
importante exportador de vacunas, gracias al
excelente trabajo científico del Instituto
Finlay de La Habana.
La edad de vacunación depende del equilibrio
entre dos factores. Si se ponen demasiado
pronto, a veces no son efectivas, porque el
sistema inmunitario del bebé todavía no
responde (si no fuera por ese problema, se
pondrían todas las vacunas al nacer, en el
hospital, y asunto resuelto). Si se ponen
demasiado tarde, aumenta el riesgo de que el
niño enferme antes de vacunarlo. Por eso los
países africanos suelen poner las vacunas un
poco antes que los europeos, mientras que los
países nórdicos (con un excelente sistema
sanitario, para atajar cualquier posible
brote) se permiten el lujo de empezar un mes más
tarde e incluso de poner una dosis menos de la
serie básica (difteria, tétanos, tosferina y
polio). Pero, en general, mes arriba o mes
abajo, el calendario vacunal de todos los países
del mundo es muy similar. Cuando el riesgo de
infección es mayor, es preciso adelantar las
vacunas.
Un
reciente brote de sarampión en Barcelona
obligó a adelantar temporalmente la vacuna
triple vírica de los 15 a los 9 meses. En
algunos sitios se puede leer que en Japón no
vacunan a los niños hasta los dos años. Es
falso. Tal como se muestra en la web de su
Ministerio de Salud, los niños japoneses
reciben antes del año dos dosis de polio oral
y tres de difteria, tétanos y tosferina.
Retrasar las vacunas o ponerlas después del año
(o de los dos años) significa exponer al niño
a un peligro de infección. Y las vacunas no
son «demasiado fuertes» para bebés tan
pequeños, y tampoco «sobrecargan» su
sistema inmunitario ni nada por el estilo. En
realidad, a las pocas horas de nacer un bebé
ya está invadido por millones de microbios de
cientos de especies distintas; las vacunas
solo añaden unos pocos microbios más, y
encima muertos (o «medio muertos», en el
caso de la triple vírica).
Normalmente no. En los últimos brotes de
sarampión en Holanda y en Barcelona, que
antes mencionamos, casi todos los afectados
estaban sin vacunar. Pero en algún caso podría
ocurrir que una parte importante, incluso la
mayoría de los enfermos en una epidemia,
estuvieran vacunados. Es muy fácil esgrimir
ese dato como si fuera la «prueba» de que la
vacuna es inútil, incluso peligrosa. Pero
unos sencillos cálculos demuestran que no es
así, ni mucho menos. Supongamos que, en
cierto país, el 97% de los niños están
vacunados, y supongamos que la cosa está
repartida uniformemente. En cualquier pueblo,
en cualquier barrio, en cualquier escuela, el
97% de los niños están vacunados.
Supongamos que la vacuna es completamente inútil.
Hay una epidemia. Enferman miles de niños. ¿Cuántos
de ellos estarán vacunados? ¡Pues el 97%,
por supuesto! Por cada 3 enfermos sin vacunar,
encontramos 97 enfermos vacunados. Si en vez
de un 97% encontramos un 91% de enfermos
vacunados, quiere decir que la vacuna ha sido
eficaz. Y no hay que pensar que se trata de «una
pequeña reducción del 6%», no se calcula así.
A los 9 enfermos sin vacunar, manteniendo la
proporción 97:3, corresponderían 291
enfermos vacunados. Como en vez de 291 hay sólo
91, se han evitado 200 casos, y la reducción
(la eficacia de la vacuna) es de casi el 69%.
Una reducción así ya sería suficiente
motivo para vacunar a los niños, pero, en
realidad, la eficacia de las vacunas es muy
superior.
¿Y si en la epidemia el 52% de los enfermos
están vacunados? Por 48 casos sin vacunar
hubiéramos esperado 1.552 enfermos vacunados;
se han evitado 1.500 casos, y la eficacia de
la vacuna supera el 96%. Muchísimos, pero
todavía habrá quien diga: «La vacuna no
hace nada: ¡total, la mayoría de los
enfermos estaban vacunados!». La ignorancia
es atrevida.
Antes de usar masivamente cualquier vacuna se
han hecho numerosos estudios durante décadas,
en el laboratorio, en animales y en
voluntarios adultos para comprobar su eficacia
y su seguridad. Y antes de juntar una nueva
vacuna con otras ya existentes, para
administrarlas al mismo tiempo, se tienen que
volver a hacer nuevos estudios, para demostrar
que juntas son igual de eficaces y tienen tan
pocos efectos secundarios como separadas.
Las vacunas se juntan por comodidad, por
motivos económicos y ecológicos (las
jeringuillas también cuestan dinero y
contaminan), y sobre todo, por ahorrarle
algunos pinchazos al niño.
Los efectos secundarios de las vacunas son
bien conocidos, y nadie pretende ocultarlos.
Sería completamente contrario a la costumbre
habitual de los laboratorios farmacéuticos,
que a veces parece que más que ocultar los
efectos secundarios, los exageran. Leer el
prospecto de cualquier simple analgésico,
antibiótico o anticonceptivo casi da miedo.
Algunas personas acusan a las vacunas de
producir alergia, muerte súbita o autismo. ¿Qué
hay de verdad en ello?
Alergias
Puede haber, por supuesto, algunos niños alérgicos
a alguna vacuna determinada, lo mismo que hay
alérgicos al polen, a las fresas o a la
leche. Es cierto que en los últimos años están
aumentando las enfermedades alérgicas. Pero
la causa no son las vacunas.
Se cree que dos de los principales factores
que causan el aumento de las alergias son la
contaminación atmosférica (en especial las
partículas emitidas por los motores diesel) y
el exceso de higiene: privado de microbios
contra los que luchar, el sistema inmunitario
se pone a luchar contra el polen, el polvo...
Se podría pensar que las vacunas, al fomentar
la aparición de anticuerpos útiles (contra
el tétanos, contra la polio...) podrían más
bien disminuir los anticuerpos inútiles y por
tanto las alergias... pero no es así. En
numerosos estudios no se ha encontrado relación
entre vacunas y alergia, ni para bien ni para
mal.
Muerte súbita
La muerte súbita del lactante se produce, por
definición, durante el primer año. La mayoría
de los casos ocurren durante los primeros seis
meses. Y en ese tiempo, los niños reciben
varias vacunas (más o menos una cada ocho
semanas). Si una de cada ocho semanas es «la
semana después de vacunarse», es lógico que
uno de cada ocho casos de muerte súbita se
produzca en esa semana, por pura coincidencia.
En realidad, detallados estudios científicos
indican que la relación es más bien la
contraria: la vacunación parece disminuir el
riesgo de muerte súbita, no se sabe por qué
mecanismo.
Autismo
Algunos científicos habían sugerido una
posible relación entre el autismo y la vacuna
triple vírica o entre el autismo y el
mercurio que se usa como conservante en
algunas vacunas. Rápidamente se realizaron
estudios completos y detallados en distintos
países, y no se ha encontrado ninguna relación
entre las vacunas y el autismo. Por desgracia,
los grupos que están en contra de las vacunas
se apresuraron a airear las primeras alarmas,
pero no se dieron por enterados del desmentido
Más
información sobre vacunas en nuestro foro y
en http://www.vacunasaep.org/
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