El
problema más grave al tratar del sueño es pensar
que todos los niños, independientemente de la
edad que tengan, duermen igual. Es el primer fallo
del conocido Método Estivill, y lo que
imposibilita el hecho de generalizar a la hora de
solucionar un determinado problema. Veamos por
donde apuntan las últimas investigaciones para
resolver los problemas del sueño y con las que se
está trabajando.
El
sueño es un proceso evolutivo
Imaginen
un bebé de 6-8 meses gateando. Todo el mundo se
admirará de la prontitud en la adquisición de
sus metas locomotoras, porque todos sabemos cual
es la evolución normal de un bebé. Pero imaginen
que no tenemos ni idea y nos empezamos a preocupar
cuando un bebé empieza a gatear porque.... ¿y si
no se levanta nunca y no anda? Todos sabemos que,
si no intervenimos, cualquier niño sano, a pesar
de gatear a la perfección se levantará y andará.
Por que andar es un proceso evolutivo que se
adquiere con la madurez motora.
El
sueño es un proceso evolutivo; los bebés nacen
con apenas dos de las cinco fases de sueño que
tenemos los adultos. A lo largo de los meses, y
compenetradas con las necesidades biológicas del
bebé, van apareciendo las otras fases. Esto es así
porque, entre otras cosas, un bebé necesita comer
frecuentemente (si no tendría hipoglucemias) y
necesita protección. Si tuviera todas las fases
de sueño como los adultos tardaría mucho más
rato en hacer un ciclo completo (hay que pasar por
varias fases para notar descanso) y eso resultaría
peligrosísimo para ellos. Por eso, la naturaleza,
que es sabia, hace que los bebés al nacer solo
tengan fase de sueño profundo y una fase REM,
pero no las otras, con lo que así se despiertan a
menudo.
A
los 6 meses ya tienen establecidas casi todas las
fases, pero aún les cuesta pasar de una fase a
otra. Están ensayando y por eso hay tantos bebes
que suelen incrementar los despertares de los 6
meses en adelante.
La
fase del sueño profundo es peligrosísima para el
ser humano desde el punto de vista evolutivo,
puesto que durante ella somos muy vulnerables.
Para paliar esta circunstancia, la naturaleza, que
siempre está de nuestra parte, intercala en las
fases del sueño profundo “picos” de
sueño ligero a modo de microdespertares. Si todo
está bien, continuamos durmiendo y no nos
enteramos, pero si algo no va bien, nos
despertamos. Cuando los niños adquieren este
dominio (que no se da hasta pasado el año, siendo
normal que haya despertares por este motivo hasta
los cinco años) duermen de un tirón, pero, en
caso contrario, hay que darles más tiempo.
Ya
sé que se oye hablar de bebés que duermen de un
tirón desde los 6 meses, pero estadísticamente
sabemos que no es lo más frecuente. En cuanto a
los niños “estivillizados” se suelen
despertar igual, pero están amaestrados para no
llorar, continuar en la cuna y acabar durmiéndose
al cabo de un rato (como hacen todos).
Si
no intervenimos, cualquier niño sano adquirirá,
un día u otro, el proceso y dormirá.
Otra
cosa es que los padres aguanten hasta ese día.
Cuando acuden a la consulta de un especialista no
es porque los niños vayan a tener problemas de
mayores (eso ya se puede descartar), sino porque
los padres ya no pueden más. El especialista
debería estudiar cada caso y ofrecer a los padres
técnicas para que sus hijos aceleren el proceso.
Pero no porque los niños lo necesiten, sino
porque los padres no pueden más.
Estas
técnicas varían según la edad del niño, su
proceso evolutivo o su historial de sueño, por lo
que no es posible dar una solución general. Sobre
estas técnicas hay dos que han demostrado
favorecer la adquisición del sueño correcto: el
colecho y la lactancia.
Por
lo que respecta al colecho, Mckenna demostró que
los niños que dormían con sus padres tenían
menos probabilidades de presentar el síndrome de
muerte súbita del lactante y que, a través de la
respiración de la madre, los niños aprendían
antes a pasar de una fase a otra del sueño, ya
que sincronizaban su respiración con la materna
(hay fases del sueño que tienen una respiración
diferente).
En
cuanto a la lactancia, R. Debré y A. Doumic,
comprobaron que los perritos amamantados dormían
mejor que los alimentados con biberón. Parece ser
que la succión al pecho cansa y relaja más,
aparte que la leche contiene L-triptofano, un
aminoácido que ayuda a la conciliación del sueño.
Rosa Jové, psicopediatra.
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