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¿Cómo
se debe criar a los bebés y educar a los niños?
Si
la Ciencia representa el conocimiento más
seguro, universal y preciso sobre un tema
parecería natural que cualquier persona
razonable buscase la respuesta a esta
pregunta entre los expertos profesionales,
las personas formadas en el dominio de la
Psicología Infantil. Sin embargo, surge un
problema al comprobar que algunos, formados
en el estudio de esta Ciencia- psicólogos,
psicoterapeutas o pediatras- discrepamos de
un buen número de doctrinas respaldadas por
las corrientes dominantes en ella, que
denunciamos como ideología hostil a la
naturaleza y a las necesidades afectivas de
los niños.
Ciertamente
la Psicología Infantil no es sólo ideología.
Contiene hechos verificados y relaciones de
probable causalidad entre fenómenos difícilmente
cuestionables. Pero lo que tiene de Ciencia
se presenta con frecuencia contaminado por
prejuicios más o menos ocultos y por
valores no siempre transparentes ni
asumibles. Los valores y los sentimientos
forman parte esencial de esta Ciencia por
ser su objeto los seres humanos en el
comienzo de sus vidas.
Lo
más llamativo es constatar la persistente
hostilidad de La Psicología hacia los niños,
la tendencia a injuriar su naturaleza
cognitiva y afectiva y la recomendación de
prácticas basadas en el sufrimiento pedagógico.
Por sufrimiento pedagógico entiendo la
apología de actitudes por parte de los
adultos que por razones de crianza-pseudomédicas-
o educación-pseudopsicológicas- causen
dolor y malestar a los niños.
Todo
bebé sufrirá inevitablemente dolores,
frustraciones y limitaciones derivados de su
dependencia y vulnerabilidad y de los azares
de la naturaleza: dentición, fiebres, caídas,
accidentes, frío, calor, a veces pérdidas
de seres queridos, miseria, sobresaltos
etc... Cualquier adulto con una sensibilidad
moral adecuada se esfuerza en paliar estos
malestares de los niños a su cargo. Pero
buena parte de nuestros expertos, no
contentos con que los niños soporten este
sufrimiento inevitable en el existir humano,
insisten en que el buen educador debe añadir
a este sufrimiento otro con fines puramente
formativos. A esto llama Alice Miller la
pedagogía negra o venenosa.
En
sus versiones más reprobables estas
doctrinas llegan a negar que lo que a todas
luces es señal de dolor y angustia en el
bebé realmente lo sea. Se invalidan así
los sentimientos del niño. Antes de dominar
el lenguaje el bebé expresa su malestar, su
soledad, su miedo, su dolor, su aburrimiento
por medio del llanto. Su placer lo expresa
con gorjeos, sonrisas, risas y otros sonidos
que no pueden confundirse con las
expresiones de sufrimiento. No
pueden...salvo que uno sea un experto
formado en Psicología. Dice por ejemplo el
Dr. Estivill, para eludir justificar y
debatir sus doctrinas, que las críticas a
su método provienen solamente del Psicoanálisis.
Se equivoca doblemente; en primer lugar
porque muchos de los profesionales que
rechazamos sus métodos no somos
psicoanalistas y en segundo lugar porque el
más somero estudio de los clásicos del
Psicoanálisis le permitiría descubrir
hasta qué punto su actitud de dejar a los
bebés llorar sin consolarlos la han
compartido Freud y sus seguidores.
Véase
por ejemplo lo que escribía Melanie Klein,
según muchos la psicoanalista más creativa
desde Freud, a mediados del siglo XX :
“El
primer y más natural resultado de nuestro
conocimiento será por encima de todo la
evitación de factores que el Psicoanálisis
nos ha enseñado a considerar como
gravemente injuriosos para la mente del niño.
Exigiremos por tanto como una necesidad
incondicional que el niño, desde el
nacimiento, no comparta el dormitorio
paterno”.
Y
Donal W. Winnicott, pediatra y en su día
presidente de la Internacional Psicoanalítica,
hacía afirmaciones tan falsas, crueles y
delirantes sobre el llanto infantil como las
de Estivill:
“La
mayoría de los bebés lloran mucho...Debería
hablar primero del llanto de satisfacción,
casi por placer...el placer forma parte de
cualquier función corporal, así que una
cierta cantidad de llanto puede decirse a
veces que es satisfactoria para el lactante,
mientras que menos de esa cantidad no
hubiese sido suficiente”.
Se
ha señalado que no hay nada original en el
método Estivill, lo que es cierto. Está
calcado del conductista Ferber. Pero quienes
estudiábamos Psicología en los setenta ya
conocíamos por Skinner estos métodos. Y ya
en los años veinte Watson, el fundador del
Conductismo, afirmaba con tanta rotundidad
como ignorancia que:
“Las
madres sencillamente no saben que, cuando
besan a sus niños, los cogen y los acunan,
los acarician y los columpian en sus
rodillas, están lentamente creando un ser
humano totalmente incapaz de enfrentarse al
mundo en el que más tarde va a vivir”.
Suena
familiar.
En
los mismos años Ian D. Suttie, un
psiquiatra escocés autor de un libro
excelente en el que rebatía las doctrinas
freudianas y su pesimismo antropológico,
narraba su debate con el psicoanalista
heterodoxo Alfred Adler, precisamente porque
éste en su conferencia había defendido la
necesidad de no acudir al llanto de los bebés.
En
los años ochenta trabajé en la Escuela de
la psicoanalista lacaniana Maud Mannoni.
Nuestra niña había cumplido un año y seguía
alimentándose a la demanda al pecho
materno. Tanto su madre, la psicoterapeuta
Helen McCormack, como yo nos esforzábamos
en responder a sus necesidades con la mayor
prontitud posible y practicábamos el
colecho, por ejemplo, cuando la niña lo pedía.
Los lacanianos fruncían el ceño y nos
recriminaban nuestra actitud. En su jerga no
estábamos imponiendo la Ley del Padre, la
Castración Simbólica y todo el resto de
patrañas pretenciosas y esotéricas en las
que se expresa esa secta. El resultado fue
una niña que lejos de convertirse en una
retrasada o psicótica como anunciaban llegó
a ser una joven equilibrada, despierta e
independiente.
Encontramos
advertencias contra el exceso de ternura en
Freud, a quien Paul Roazen recordaba riñendo
a una nuera por su cariñosa actitud hacia
su bebé, en Psicoterapeutas Humanísticos
como Maslow o Perls, quien se burla de los
traumas de los niños, que él considera
inexistentes y aboga por la frustración
“educativa”. En Pediatría un médico
neocelandés, Truby King, dominó la
doctrina oficial en Estados Unidos e
Inglaterra a mediados del siglo pasado
imponiendo la lactancia rígidamente
regulada por reloj, con lo que muchos bebés
fueron abandonados al llanto por hambre o
falta de contacto durante muchas horas de su
vida.
Una
de las últimas contribuciones a la teoría
de la bondad del llanto no atendido la
encontramos en la doctora Solter y en los
practicantes del “Co-counselling” y
algunos-no todos- terapeutas Primales. Según
ellos hay una clase de llanto que hay que
“permitir” y no consolar en los bebés.
Se trata, dicen, de llanto provocado por la
necesidad de expresar traumas antiguos que
no hay que “reprimir”. Esta es una idea
absurda, pues una persona sensible no
reprime el llanto, no le pone una mano en la
boca al bebé, ni menos, como hace la
pedagogía venenosa con niños mayores, los
ridiculiza y avergüenza por llorar, sino
que intenta encontrar las causas del llanto
y en todo caso coge al bebé si éste lo
permite, lo mece, le habla o le canta y le
escucha para calmarlo, porque el llanto no
consolado, lejos de ser una catarsis, un
alivio para el bebé, se alimenta de sí
mismo y multiplica la angustia hasta llegar
a veces al paroxismo.
La
persistencia de tanto sinsentido en la
Psicología Infantil sólo es explicable por
la presencia de poderosos factores
extracientíficos, emocionales en este caso,
derivados de una tradición de siglos y de
la condición humana de los profesionales
que antes que científicos han sido bebés y
han quedado profunda y, con frecuencia,
destructivamente marcados por esas vivencias
tempranas.
Extraído
de la web de PRODENI,
Asociación pro-derechos del niño
http://www.prodeni.org/Opinion/m%C3%A9todo_estivill-metodo%20hostil%20a%20la%20infancia.htm
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